La gran victoria de la izquierda española y de los nacionalismos periféricos no consiste en tener un rebaño que justifique todos sus crímenes, sino en haber conseguido que a mucha gente de izquierdas o de centro le dé absolutamente igual lo que ocurre, aunque sobre el papel diga que la corrupción «le parece mal».
Les parece mal, pero se van a dormir tranquilos. Les parece mal, pero solo saldrán a la calle si algún día la derecha vuelve a gobernar. Les parece mal… si es que llegan a enterarse de algo, porque desde que no está Rajoy, andan muy desconectados. Curiosamente, el epítome de esta tendencia lo representan generaciones como la mía: las más maltratadas por las crisis y las decisiones políticas de principios de los 2000. ¡Precisamente quienes conocimos cómo eran las cosas antes y nunca pudimos llegar a disfrutarlas!
Y lo peor: en el fondo de todo esto no está el miedo a ser llamado facha que existía hace unos años. Lo que hay es una indiferencia absoluta y una profunda alergia a reconocerse en los propios paisanos. El tiempo ha demostrado que, para luchar por una sociedad un poco más justa, primero tienes que amar a tu país e identificarte con él, aunque sea un poquitín. Si eso no existe, solo queda el deseo de moralizar o de fastidiar al rival político.
Si para ti España es un chiste, algo de lo que avergonzarse o una no entidad, nunca harás nada porque, en el fondo, aunque veas cosas que «te parecen mal», no tienes la sensación de estar jugándote nada, ni sientes que te estén quitando algo valioso o que lo estén arruinando para quienes vendrán después de ti.