jueves, 24 de septiembre de 2026

Programados

El gran problema de la generación milenial en España es que carecemos de un verdadero «nosotros» y, por eso, recurrimos a toda clase de pequeños sucedáneos.

    Se nos ha educado en la idea de que conceptos como la patria —ya ni siquiera la nación— son caducos y de que su semiótica es ridícula o falsaria. En su lugar, se nos ha inculcado una difusa pertenencia moral, totalmente interiorizada pero extremadamente superficial. Juzgamos algo como «bueno» o «malo» dependiendo de si suena más a un color político que a otro. Si los malos hacen algo, no dudamos en magnificarlo hasta dimensiones apocalípticas y, después, lo enfrentamos de manera puramente performativa: ruido, post, selfie de manifa y vuelta a casa, satisfechos de estar en el lado correcto de la historia.

    Pero si los buenos hacen algo verdaderamente horrendo... nada. En los casos más extremos, los hay que ni siquiera conciben la posibilidad de que eso suceda. Otros recurren al «pero, profe, Jaimito también hablaba» o al «debemos dejar que Jaimito queme la clase porque, si no, Menganito podría detonar una bomba de hidrógeno». En los casos menos graves, simplemente hay un rechazo a informarse sobre ciertos temas porque intuimos que hacerlo comprometería nuestra imagen del mundo.

    En mi experiencia, la disonancia cognitiva alcanza límites aún más delirantes en las regiones en las que está presente otro sustitutivo de la patria: el nacionalismo. Por ejemplo, en Mallorca discutimos constantemente sobre las tradiciones que se pierden, la saturación turística, los extranjeros ricos que se compran fincas, la diglosia o el sexo de los ángeles. Hacemos muchísimo ruido y gastamos cantidades ingentes de tiempo, tinta y dinero en esos temas. Y, sin embargo... el colapso de la sanidad pública y las sucesivas huelgas de sanitarios son un tema secundario. El efecto de la inmigración masiva sobre los servicios públicos, la vivienda, la seguridad o la cultura es tabú. Las ramificaciones de la corrupción en el Ejecutivo y la bancarrota del sistema democrático directamente se ignoran.

    Si las cosas llegan a un punto límite, nuestra generación no hará nada, porque carecemos del «nosotros» por el que sí valdría la pena alzarse y luchar. Se nos ha enseñado que la patria no es más que un sinónimo del franquismo o del nacionalismo decimonónico; pero los pocos que creemos en ella, cuando vemos la bandera, pensamos en la comunidad, el compromiso cívico, la historia compartida y nuestros amigos repartidos por toda la geografía nacional. En cosas que existen de verdad, más allá de los discursos. Y, sin embargo, la mayoría de nuestros coetáneos han sido adoctrinados para ver un simple trapo que solo puedes agitar sin parecer bobo o mala persona cuando juega la selección.

    Por eso, cada día que pasa estoy más convencido de que mi generación puede tener un efecto tan malo para el país como la generación boomer. Pero a diferencia de ellos, nosotros haremos rehenes a los jóvenes sabiendo lo que se siente y sin haber disfrutado siquiera de las mieles de la abundancia. El milenial es estatólatra por costumbre y dependencia, no porque el Estado (cada vez más ruinoso) nos esté dando nada bueno.