jueves, 29 de diciembre de 2022

El mito de la democracia interna

    Hace cosa de diez años estaba completamente a favor de obligar a los partidos políticos a hacer primarias. Ahora creo que un partido que haga primarias es lo más peligroso que puede haber porque ello  provoca el ascenso de lo peorcito de la humanidad. Los grandes del partido se dedican a crear camarillas de aduladores donde sólo les dan la razón y los puestos de responsabilidad caen en manos de los más inofensivos (zoquetes), corruptibles o sociópatas que han ascendido a base de puñaladas. Lo más peligroso de todo es que además de esto las primarias son una ventana para que todo tipo de agentes externos puedan meter mano: así son capaces de encumbrar, hundir o incluso fabricar candidatos. La  "democracia interna" es un peligroso instrumento de subversión para los poderosos, ya que si logran influir lo suficiente pueden colocar a los peores candidatos y evitar que los mejores programas o ideas lleguen siquiera a las elecciones, condenando la nación al estancamiento.

   Por eso hay que quitarse el miedo y desmontar la falacia de que las primarias son una cuestión de democracia. Democrático es el régimen político del país, pero un partido es una libre asociación que se presenta para participar en dicho sistema aceptando las reglas de juego: nada más. Si alguien tiene los recursos y los asociados para presentarse a unas elecciones no es asunto de nadie decir cómo tiene que gestionar su casa. Si no gusta no saldrá elegido y si surgen diferencias en el seno del partido siempre se puede fundar otro. No será más democrático por hacer primarias porque una formación política no es un país sino un pastiche de intereses, egos y rasgos ideológicos. 

   Desgraciadamente en el sistema educativo esa clase de confusiones son cada vez más comunes: no es lo mismo una educación en un país democrático (el lugar), una educación para la democracia (aprender sobre ciudadanía y el funcionamiento del Estado) y la muy abominable educación democrática. No podemos votar que dos mas dos dejen de ser cuatro o que los alumnos puedan dar órdenes al director. Tampoco podemos llenar las escuelas de comisiones que actúen como taifas. Precisamente el confundir estos términos es lo que carcome el cerebro de la sociedad hasta el punto de que después la gente anda perdida por el mundo y se adhiere a cualquier atropello que lleve la etiqueta de democrático, como polillas que se lanzan hacia la luz y mueren abrasadas.



martes, 20 de diciembre de 2022

Arte ludista o postureo apocalíptico

Desde hace unos meses se me hace curioso ver a tantos artistas  perdiendo los papeles en Instagram con las imágenes generadas por inteligencias artificiales, y parecer ser que dicha burbuja ha explotado en la última semana con un tsunami de publicaciones imposible de ignorar. 
    Comprendo el miedo que tal tecnología suscita, pero pretender que la gente boicotee las IA o incluso que puedan ser prohibidas por el Estado es querer lo imposible. Ese tren no va a parar por mucho que lo deseemos, y por tanto todos los futuribles que planteemos a partir de ahora deberán tener en cuenta la existencia de imágenes generadas de fácil acceso. Todo lo demás es hacer planes para un mundo que no existe o  peor: es tener el semblante de hormigón armado y exigir un estipendio a cambio de ser artista, sin tener en cuenta la obra producida o la opinión del público.
  Vaya por delante que a mí los resultados de las IA en su mayor parte me parecen sosos y tópicos, probablemente porque los criterios los han establecido personas sin gusto o porque en internet el arte genérico, el efectismo, los estilos con sello "de escuela", el manga más industrial o la pintura hiperrealista están sobrerepresentados: las IA se alimentan de eso. Por tanto, la única preocupación real que pueden suscitar es que haya gente con mal gusto que compre el pastiche y no presten atención al verdadero talento... Pero esto no es nuevo, de hecho es la preocupación clásica del artista moderno.
    En todo caso a partir de ahora quien lo tendrá más difícil no son los excelentes artistas a quienes veo palidecer sin necesidad, sino los mediocres que prefirieron seguir la corriente y lograr el aplauso fácil en vez de cultivarse. De la misma forma que escribir fanfics adolescentes no te convierte en autor consagrado y ni te extiende la alfombra roja de la Real Academia, tampoco puede colgarse colgarse la medalla de artista quien tiene una cuenta de dibujos en una red social. Ser o no ser algo depende de factores como muchos años de trabajo y la opinión que tiene el público sobre los resultados. Por tanto, los buenos ilustradores lo seguirán teniendo tan difícil como siempre, e incluso me atrevo a decir que ahora se abre una pequeña ventana para esperanza.
    En un mundo de inteligencias artificiales que hacen "arte frankenstein", la impronta distintiva del autor humano tendrá un valor mucho más evidente. Es una oportunidad excelente para estudiar en modos de representación mucho más subjetivos e intuitivos, sobre todo en la estilización y el uso de la línea, y dejarse de caminos trillados como recurrir demasiado a la falsilla fotográfica. Ahora los artistas sacarán a relucir su valía individual: después de pasar por el tubo de aprender de los grandes referentes (porque es necesario) demostrarán su maestría vertiendo todo ese capital cultural en su propio molde. Y si no pueden hacerlo... entonces es que les falta práctica o nunca fueron artistas, independientemente de si pretenden vivir de ello o no.
    Como he dicho al principio, comprendo el temor que las inteligencias artificiales aplicadas al arte suscitan , pero en mi opinión muchos de los artistas que se están quejando son precisamente los que no tienen nada que temer. Quizá algunos participen en la pataleta por solidaridad con quienes sí se juegan algo o están empezando su carrera pero aunque esto proviene de la compasión es un grave error. El mensaje del artista consagrado hacia los jóvenes debería ser  de excelencia: incluso antes de desarrollar un estilo es necesario tener criterio. Y ese gusto se forja en el transcurso de una gran aventura: la de descubrir miles de años de Historia, de investigar qué recursos se han usado pata expresar o representar algo, y sobre todo ver cómo hoy nos enfrentamos exactamente a los mismos desafíos que entonces. todo ello acompañado de práctica y experimentación constante.
    Lo importante no es la etiqueta de ser artista, sino cómo lo somos. Un hombre sabio me dijo una vez (con otras palabras) que aunque al compararnos nos parezca que no llegamos ni a los tobillos de los titanes que nos precedieron, nuestro lugar se encuentra junto a ellos. Esa es nuestra liga: aunque hoy dispongamos de nuevas herramientas, recursos y libertades estamos continuando con LA tradición. En eso, y no en los anécdotas personales que gustan tanto a ciertos académicos, consiste el arte. Que haya inteligencias artificiales construyendo imágenes coherentes a partir de indicaciones sencillas no es más que la confirmación para los incrédulos de que siempre ha existido un hilo conductor ante el que todos respondemos.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Veneno

 Todo el rollo de la autocompasión y el postureo sobre salud mental en redes sociales tiene que parar. 

Está pudriendo el cerebro a los adolescentes, hunde más a quienes tienen trastornos reales y crea individuos para quienes es imposible comportarse en sociedad. En muchos casos lo que hay detrás es una telaraña de rédito social que engendra a monstruos cuya única ocupación es aprovechar el sufrimiento ajeno para tratar de crear juguetes rotos que les sirvan de público.

 Estamos en 2022. La época de la sobreenxigencia y la severidad generalizada pasó hace mucho, si es que llegó a existir más allá de la caricatura moderna. Una cosa es dar un empujoncito a la autoestima para ayudar a que una persona en sus horas bajas pueda recomponerse y otra es meter a esa persona en círculo vicioso de autocompasión y victimismo "cool" para que nunca pueda llegar a ser independiente. Hay que volver a inculcar la idea que el primer paso hacia el desarrollo personal y una vida más feliz es reconocer las carencia personales a fin de paliarlas o, si no se puede, compensarlas por otro sitio. En mi caso siempre he sabido que era un inadaptado: desde pequeño noté que algo no encajaba, algún defecto de fabricación que va más allá de mis aficiones, gustos, defectos e impedimentos como la disfemia. A veces es como si hubiera una barrera invisible entre un servidor y la mayor parte de mi generación, y eso ha provocado que lo largo de mi juventud me haya sentido solo, incomprendido y miserable. Ninguna de estas cosas es un trofeo que exponer, ni unas credenciales que sacar al presentarse, y sin embargo veo que hoy para muchos adolescente la miseria es una charca de barro en la que se revuelcan y de la que no quieren salir. Todas las conversaciones construyen en torno a eso, hasta el punto que ya no parece la habitual fase de poeta romántico sino un concurso cuñadesco de medición fálica. 

 También hay que insistir en que uno puede ser y pensar lo que quiera, pero que las interacciones humanas tienen una serie de leyes no escritas que nos vienen dadas. Existe un acuerdo de mínimos al tratar con otros, que se aplica incluso a las personas de las que gente "normal" espera conductas raras. Los raritos de hace diez o quince años aceptábamos (refunfuñando mucho) que aprender a comportarse en sociedad es necesario porque muchas veces es vital ir a sitos o hacer cosas que no nos gustan. Muchos lo hemos acabado interiorizando como una especie de convenio con el mundo exterior (“de acuerdo, lo haré, pero me dejas en paz el resto del tiempo”), pero al parecer esta noción resulta completamente alienígena a las nuevas generaciones: ahora es la sociedad la que en todo momento ha de amoldarse a todos y cada uno de sus caprichos.

Auguro generaciones de hombres y mujeres cada vez más incapaces, y la culpa será nuestra por no haberlos educado para sobreponerse a la adversidad, sino sencillamente señalarla con dramatismo o directamente inventársela esperando un aplauso.



miércoles, 7 de septiembre de 2022

La virtud moribunda

El escepticismo es una virtud que lamentablemente quedó herida durante la pandemia y sigue desangrándose a día de hoy. En origen problema de comenzar a dar credibilidad a necedades no es, como algunos escépticos siguen empeñados en defender, de fe ciega, sino de carencias en el marco que rige la razón misma. Sin el trasfondo escéptico la razón por sí sola se acaba desviando para edificar castillos en el aire, proceso además acelerado en los mentideros de la red y el tan citado efecto de la cámara de eco. 

    Ya sabéis que en gran medida culpo de semejante crimen a gobiernos y organismos internacionales que, además de llevar años secuestrados por idealistas incompetentes, no han sabido hacer pedagogía durante la pandemia y han creado las condiciones perfectas para que individuos con sentido común se desesperen lo suficiente como para comenzar a prestar oído a las explicaciones más fantasiosas... explicaciones que a veces son extendidas o directamente manufacturadas por potencias externas (Rusia sería el ejemplo más evidente) que ven en el hartazgo generalizado y el vacío espiritual de Occidente una oportunidad única para debilitarnos y hacernos pagar su frustración por sus históricos fracasos. A nivel nacional creo que no me equivoco si afirmo que ciertos rasgos conspiranoicos comenzaron a filtrarse al debate público mucho antes de la pandemia, a partir de la historia falseada de los nacionalismos periféricos y el discurso de Podemos*, mientras que por el campo derecho fue la tibia respuesta del gobierno y el vecindario europeo en 2017-19 lo que llevó a muchos liberales o conservadores a comenzar con una necesaria autoafirmación (la lucha contra la Leyenda Negra**) pero no saber echar el freno y acabar cayendo en una pataleta revanchista contra la Modernidad.

    Ahora bien: incluso dejando a un lado la discusión de quién dio la puñalada fatal al escepticismo,  la cantidad de gente dispuesta a creer en chorradas se ha multiplicado por mil y seguirá creciendo cuando las consecuencias de la crisis energética se dejen notar. Sabiendo esto, la prioridad de nuestros gobernantes no debería ser seguir persiguiendo ideales utópicos que escupen en la cara del hombre común, sino estabilizar el barco cuanto antes si no queremos enfrentarnos a algo peor que una crisis económica en unos pocos años. Añoro esos días no tan distantes en que los conspiranoicos de la red no eran reconocidos como autoridades y la mayor parte de su público tenía insomnio, simple curiosidad o ganas de echarse unas risas. Pero en estos tiempos oscuros si uno no los dignifica como "informadores" la sala se llena de chillidos de rata ofendida, o aún peor: no tardan en aparecer las sonrisas de suficiencia y el tonillo aleccionador de quienes no saben que más que bucear en conocimiento prohibido han estado revolcándose en el fango. 


* A veces se nos olvida que en su día además de defender el impago de la deuda y el abandono de la UE, esta gente se dedicó a cortejar el mundillo del New Age.

**En la que me incluyo, pues era absolutamente necesaria teniendo en cuenta que las instituciones públicas no presentaron batalla o directamente estaban subvertidas.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Fantasmas

Creo que con el tiempo visitar lugares que no han cambiado nada en diez o quince años me pone más triste que revisitar sitios que han sufrido alteraciones. Es cierto que un lugar bonito o del que guardamos buen recuerdo puede ir a peor a medida que pasa el tiempo, pero también puede mejorar o sencillamente mantener la familiaridad incluyendo novedades que son fruto del proceso orgánico que siguen todas las cosas. En cambio un lugar querido demasiado bien conservado, donde parece que no se ha movido una mota de polvo en todo ese tiempo estará lleno de fantasmas. Cuando lo visito en vez asombrarme, sentir nostalgia sana o pensar en todo lo que ha sucedido desde entonces sólo veo personas, relaciones y proyectos que hace mucho se bajaron del tren.
    Una cosa es tener esos lugares intactos en la memoria para visitarlos de vez en cuando y otra poner el pie en ellos de forma literal. Para mí visualizarlos en la mente implica apreciar lo que significan con la perspectiva de los años, de modo que puedes llevarte algo que te sirve para crear cosas nuevas en el presente. Pero si me persono en ellos me asfixia la sensación de estar en una especie de vitrina o cementerio,  un lugar al que ya no pertenezco, o peor aún: donde podría quedar atrapado, igual que un mosquito en ámbar. Es exactamente el mismo motivo por el que no tengo problema alguno con las fotografías pero en cambio aborrezco las grabaciones de familiares que se han ido. Es antinatural: el pasado existe para la memoria, no para regresar.



jueves, 18 de agosto de 2022

Barrabás y Medea entran en un bar

El posmodernismo militante y la simpatía por el Mal

Demasiado a menudo los individuos que más machacan con el concepto de justicia social albergan las ideas más erróneas sobre el comportamiento humano y las conceptualizaciones del mal más peregrinas. De estas últimas quizá las peores sean la creencia en que el Mal como tal no existe o más comúnmente que este, lejos de implicar una batalla diaria en el fuero interno de cada individuo, puede ser solucionado a través de buenas intenciones o los sacrificios en el altar de la voluntad general. Es habitual que al señalar las fallas de dicha cura milagrosa el heroico salvador de turno recurra al "¡Ay! Si tan sólo la sociedad nos escuchara un poco..." y no hace falta rascar mucho para ver que detrás de dichas palabras se esconde el "¡Ay! si me dieran la razón sin rechistar..." y si nos atrevemos a explorar un poco más vemos que detrás se abre una escalera de caracol que desciende y desciende hasta llegar al "¡Ay! Qué bien estaríamos si cambiárais vuestro libre albedrío por los dictados de mi ideología". Lo mejor al encontrarse con dichos admiradores de Mao, a quienes regresaremos un poco más abajo, es poner tierra de por medio, pues en vez de perseguir un bien realizable lo confunden con un mundo moldeado según su capricho. Y cuando esto se demuestre imposible ¡ay de quien se cruce en su camino!  Afortunadamente no muchos llegan a tocar poder real y tienden a matarse entre ellos si lo consiguen, pero es más común es que se limiten a recrear sus fantasías en la ficción.

    Sea como fuere, el mal en la esfera humana es una realidad cotidiana, algo ante lo que debemos prevenirnos. Generalmente lo hacemos por dos vías: la formación del carácter y las acciones comunitarias. Así planteada,  tal división puede resultar engañosa porque parece un distinción entre lo personal y lo colectivo. No lo es. La formación del carácter a través de la socialización y -más en concreto- la educación no sólo nos da herramientas para desarrollar cierto autocontrol, sino que el saber que otros individuos pasan por un proceso similar asienta un marco ético común. Esto es lo que nos permite esperar ciertos mínimos por parte de nuestros conciudadanos y tener un sustrato común sobre el que discutir cuando surgen desacuerdos... en vez de temer un asaltante armado tras cada esquina. Sin embargo esta vía no es infalible: hay individuos que se escurren por las grietas del sistema y no acaban de desarrollar su sentido moral, también hay sujetos con valores radicalmente opuestos a los nuestros y por si fuera poco individuos con trastornos de antisociales de nacimiento. En términos sencillos esto significa que a menos que de repente nos convirtamos en robots existe una nada despreciable posibilidad de que en algún momento las cosas se pongan feas. Aquí es donde entra el seguro: las medidas concretas a las que la sociedad recurre para frenar al malhechor. Esas medidas, a menudo recogidas en alguna clase de código, son ante todo castigos y, ante amenazas mayores, la autodefensa mediante la fuerza de las armas. Para no complicar más el asunto, centrémonos en lo primero.

   Curiosamente, muchos de ya citados tiranillos muestran sus cartas poniendo un énfasis positivista en rehabilitar (curar) al culpable al tiempo que desprecian toda contrición. Con esto, demuestran tanto sus prioridades como su ignorancia.  El objetivo del castigo justo no es infligir dolor sino ofrecer protección inmediata a la víctima y prevenir conductas similares en el futuro. Esto muchas veces se consigue apartando al agresor del grupo por un tiempo además de obligarle a saldar su deuda. Se aplica (en distintos grados) al que comete falta grave o hace trampas en un juego, al estudiante que perjudica a sus compañeros o al ladrón. No menos importante es el efecto disuasorio que ello conlleva para todo aquel que en el futuro pudiera sentirse tentado a seguir ese camino.  Sólo una vez hemos asegurado el castigo, ya que la prioridad es la salvaguarda del inocente, podemos centrar nuestra atención en la rehabilitación del culpable y (previo arrepentimiento y buena conducta) la clemencia o las segundas oportunidades. Sin embargo, como ya hemos hemos adelantado, en nuestro tiempo prosperan los individuos que prefieren darle la vuelta a la tortilla. Siempre ha habido (y habrá) personas que, aun considerando un servidor que están muy equivocadas, se ven atrapadas en la compasión hacia el castigado porque tienen buen corazón y se ven reflejadas en esa la falibilidad que comparte todo el género humano. Sin embargo, tales individuos no son el objeto de mi crítica, sino quienes ven corrompido su sentido de la justicia por una identificación que aun siendo muchas veces inconsciente resulta siniestra y preocupante.

    El origen de la mentalidad de quienes defienden el indulto* o la equidistancia con la víctima de abusones, delincuentes comunes y hasta terroristas es rastreable en el interés del discurso posmoderno en lo marginal: mientras deslegitiman las grandes tradiciones e instituciones muchos de estos críticos se identifican con otros relatos, sobre todo aquellos que cuestionan al enemigo común que ven en la civilización occidental. A gran escala podríamos señalar la dulcificación del islamismo por parte de algunos progresistas, el discurso de que el verdadero comunismo nunca se puso en práctica o la pervivencia de variantes del mito del bon sauvage que los lleva a apoyar hasta a los nacionalismos más disparatados si tienen la más leve pátina indigenista. Parece que vivamos en una de esas pinturas apocalípticas donde el mundo se invierte y los muertos salen de fiesta o los animales de granja cabalgan sobre sus amos: el maestro teme al alumno pero el Estado lo usa para adoctrinar y usurpar la autoridad del padre, quien a su vez teme al profesor y desconoce los pronombres de su hijo, a quien por supuesto ha consentido hasta convertirlo en un monstruo ególatra incapaz de vérselas con la realidad. En un contexto así es normal que los referentes heroicos de antaño se hayan vuelto impopulares, irrisorios o directamente anatemas que no se pueden ni mencionar en público, mientras que los villanos poco a poco se van convirtiendo en referentes. Esto podemos verlo en el encumbramiento en la ficción de masas no ya de personajes a los que la etiqueta de antihéroe noventero les viene grande, sino directamente son encarnación del mal y la psicopatía sin tapujos.

    Conste que no me refiero al interés estético que puede suscitar el antagonista carismático, la canción pegadiza del malo de opereta o el soliloquio de cualquier villano shakespeariano (aunque a veces comienza así), sino a la identificación personal de muchos progresistas con lo peor que ha visto la ficción**, hasta el punto de que los grandes estudios de cine o televisión ya producen material que persigue eso. Quizá sea porque cínicamente quieren explotar ese nicho o porque contratan a guionistas incapaces de superar la fase de adolescente 𝑒𝑑𝑔𝑦 en la que apoyan la estupidez de moda para escandalizar a sus mayores y después victimizarse. El discurso subyacente siempre funciona igual, lo mismo da si se trata de una de superhéroes o el remake sin alma de un cuento de hadas: puedes cometer las peores injusticias o los actos más crueles si das penita porque en el pasado te menospreciaron, oprimieron, traicionaron, no te reconocieron como igual al instante o sencillamente no te comprendieron. Eso de las víctimas colaterales es un mito. Así, debemos ignorar deliberadamente las advertencias de las tragedias y convertir en heroínas a Carrie o a Medea (o Maléfica, Wanda o cualquier otra revisión posmoderna del tópico brujeril) y recoger firmas para que dejen libre al Joker de nuevo con la esperanza de que se modere un poquito. A lo mejor hasta se animan a venir a la concentración por el amor libre según la iglesia local de Slaanesh***.

    Bromas aparte, el foco de interés en muchas de estas narraciones subversivas puede resumirse en el discurso egocéntrico (casi solipsista) del inadaptado resentido; no la búsqueda de su  lugar en el mundo, la redención a través del sacrifico por algo que valga la pena o una gran aventura en pos del Sentido de las cosas. Atrás quedaron esos días en que el hazmerreír del instituto se convertía en el admirado héroe local o esos anónimos Montaraces protegían de horrores innombrables a las gentes de la aldea de forma completamente desinteresada. Ante todo, el éxito de las historias subvertidas proviene de buscar la satisfacción momentánea vendiendo que se hace "justicia" con los peores métodos, es decir, una válvula de escape para el lado más oscuro de la mente del espectador que complementa a la perfección los calmantes morales de las causitas a las que suele adherirse cierto tipo de persona. Si miramos tras el telón sólo vemos la venganza de un individuo contra el mundo: la misma fantasía enfermiza detrás de los tiroteos en escuelas, disfrazada y embotellada para el consumo generalizado.

Alegoría del matrimonio entre la Maldad y el Diablo
Gjisbert van Veen


*exceptuando, claro está, el hiperpunitivismo asociado a ciertos temas ideológicos

** aunque sí podríamos considerar la  interpretación en los siglos XVIII y XIX del Lucifer que John Milton presenta en El Paraíso Perdido (1667) el origen de la forma que tienen los posmodernos de interpretar las narraciones arquetípicas tradicionales: siempre es un gran engaño relacionado con el poder y autoridad para describir lo existente. Por supuesto, obvian que la serpiente y la manzana, lejos de ser símbolos de la liberación, representan el inmenso drama de la pérdida de la inocencia, causada por un odio alimentado (cómo no) por la envidia y la soberbia.

***es decir, con droga, sacrificios, engendros tentaculares y animales de granja

sábado, 9 de julio de 2022

Neutralismo de postín

En los últimos años se ha ido asentando la perniciosa idea de que el liberalismo implica necesariamente una suerte de "neutralismo a ultranza" y mucho me temo que precisamente por eso no nos comemos un colín. Donde esto se ve más claro es en el debate sobre ciertas instituciones, como el sistema educativo, donde algunos liberales insisten machaconamente en términos como objetivo o libre de ideología. El problema de esta clase de afirmaciones es que parten del supuesto inconsciente de que existe algo como una objetividad totalmente aprehensible a la que podemos recurrir rompiendo el cristal de seguridad, idea tan falsa como peligrosamente dogmática. Uno de los hechos indiscutibles de la condición humana es que no podemos abarcar la realidad en toda su complejidad y que por eso nuestro acercamiento a la Verdad ontológica consiste en dar pequeños pasos y comprobar continuamente nuestros cálculos de navegación para corregir los errores que indudablemente aparecerán por el camino. Por eso también contrastamos nuestra información con la de otros navegantes o nos vemos obligados a llegar a un solución de compromiso si nos hallamos ante lo desconocido y debemos tomar una decisión.

    La creencia de que uno puede llegar a hallarse en posesión de la verdad definitiva es propia de tiranos, no de defensores de la libertad. Asumir algo así te ciega, imposibilita la conversación y reduce todo lo neutral a significantes vacíos, siempre vulnerables al ataque por parte de quienes dicen que no existe verdad en absoluto y en cambio persiguen que todo sea según su doctrina milagrosa.... en otras palabras: es abrir la puesta a aberraciones como las verdades de estado. Por tanto, pedir neutralidad a un profesor o a un político es lo mismo que no pedirles nada o entregarles las llaves del castillo para que impongan lo que les parezca.

    Si a alguien realmente le importa la verdad su preocupación no deben ser los espacios neutros sino la virtud. Eso es lo que hace que uno sea prudente y  honesto consigo mismo o con los demás. Los proponentes de pseudoneutralidades opuestas no pueden más que ladrarse entre ellos, mientras que quienes persiguen una conducta virtuosa de partida reconocen que existen limitaciones de partida que por el mero hecho de existir dan valor a las aproximaciones ajenas. De eso es de lo que deberían hablar los liberales y dejarse de milongas esperando sentados a que la historia les dé la razón: su aproximación a realidad es sólo buena (o al menos superior a las derivadas del marxismo) en la medida en la que se deriva del escepticismo y tiene en cuenta la vastedad de lo desconocido, no de recurrir a supuestas leyes históricas y decir al mismo tiempo que no existen.