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jueves, 25 de julio de 2024

Nuevos comienzos

Las ideologías derivadas de la Ilustración tienen un problema a la hora de conceptualizar la Modernidad. 

    En teoría es una avenida hacia la libertad dentro de un marco de mínimos. Se supone que a partir de dicho orden cada individuo desplegará libremente su potencial y, en consecuencia, los grupos humanos se volverán mucho más heterogéneos. Sin embargo, por mucho que asociemos la Modernidad a la ciencia y el orden, lo cierto es que en el siglo XXI es imposible negar que esta se ha probado como una fuerza profundamente entrópica. En la cultura popular se asocia dicha palabra  a imágenes de caos y destrucción , dejando de lado un aspecto fundamental: a medida que la entropía se asienta en un sistema sus divisiones internas se desdibujan. Es decir, se vuelve más homogéneo.

    Es imposible fijarse en el mundo globalizado o las tensiones presentes en tantos países de nuestra órbita (sospechosamente parecidas entre sí) y negar que esté sucediendo precisamente eso. Nos enorgullecemos de tolerar más divergencias respecto a lo normativo en tiempos de nuestros abuelos, sin entender que estamos peleando con monstruos imaginarios: hace décadas que ese mundo desapareció. Pero eso no significa que haya muerto la normatividad: aunque supuestamente tengamos más margen de maniobra, usamos esa libertad para llevar vidas de lo más uniformes. Si no existiera una norma nuestra cultura no podría haberse vuelto tan sarcástica. 

    Cada día es más evidente que la pescadilla se muerde la cola y nos encontramos en el final de una era.  Esta es la raíz de la polarización que se ha adueñado de Occidente: quienes ostentan el cetro se niegan a aceptar que el pozo de las ideas se ha secado y es la hora de mirar las cosas desde otra perspectiva, quizá una más próxima al hombre de a pie. Con esto no voy a ser equidistante: desde hace mucho la pelota está en el tejado de las fuerzas e instituciones que se autodenominan progresistas. A día de hoy representan el elitismo, el clasismo y el inmovilismo mucho más que los conservadores más recalcitrantes. No puede ser que se asusten cuando cada vez más ciudadanos deciden irse al campo de individuos como Trump pero que su única explicación sea que se trata de paletos fascistas ¡Si la gente se decanta por eso es que algo malo habrán hecho quienes llevan las riendas, digo yo!

    En fin. Insisto en que nos encontramos al final de una era, o mejor dicho: el convulso nacimiento de un tiempo nuevo. Si las clases gobernantes y el establishment cultural se niegan a aceptarlo, tarde o temprano acabarán totalmente desplazados. No hay vuelta atrás, y cuanto más nos resistamos a aceptar esta realidad más agitada será la transición y peores las alternativas. 

    No obstante… es un nuevo comienzo. La promesa de volver a ver el mundo con los ojos inocentes de un niño debería ser suficiente para que aceptemos las privaciones del camino. Cuanto antes nos pongamos las botas y salgamos, mejor.

miércoles, 12 de junio de 2024

Cimientos

    En parte estudié Filosofía para encontrar un camino para explicar la moral al margen de la religión, pero si tras ver lo que he visto los últimos once años tuviera que dar carpetazo al asunto diría que la moral sólo puede existir a partir de la religión. No necesariamente dentro de la institución religiosa, pero sí en la base histórica y cultural de las religiones. No puede existir una moralidad asépticamente moderna, racional y científica; lo que hay de bueno en los sistemas que proclaman serlo en el fondo proviene de tradiciones culturales estrechamente relacionadas con el pensamiento religioso. No olvidemos que una de las etimologías propuestas para la palabra religión se remonta mal término religare, que significa reunir o vincular; y me temo que no sólo en sentido de unir al hombre con entidades espirituales o crear comunidades, sino también ser la urdimbre de la existencia que da sentido a lo que de otra forma sería un conjunto de conceptos y experiencias disparejos.

Muchas buenas personas creen que su forma de ver el bien y el mal es perfectamente autónoma, pero en realidad el oleaje ha desdibujado sus huellas y no ven de dónde han heredado los conceptos que usan o incluso sus intuiciones más elementales.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Veneno

 Todo el rollo de la autocompasión y el postureo sobre salud mental en redes sociales tiene que parar. 

Está pudriendo el cerebro a los adolescentes, hunde más a quienes tienen trastornos reales y crea individuos para quienes es imposible comportarse en sociedad. En muchos casos lo que hay detrás es una telaraña de rédito social que engendra a monstruos cuya única ocupación es aprovechar el sufrimiento ajeno para tratar de crear juguetes rotos que les sirvan de público.

 Estamos en 2022. La época de la sobreenxigencia y la severidad generalizada pasó hace mucho, si es que llegó a existir más allá de la caricatura moderna. Una cosa es dar un empujoncito a la autoestima para ayudar a que una persona en sus horas bajas pueda recomponerse y otra es meter a esa persona en círculo vicioso de autocompasión y victimismo "cool" para que nunca pueda llegar a ser independiente. Hay que volver a inculcar la idea que el primer paso hacia el desarrollo personal y una vida más feliz es reconocer las carencia personales a fin de paliarlas o, si no se puede, compensarlas por otro sitio. En mi caso siempre he sabido que era un inadaptado: desde pequeño noté que algo no encajaba, algún defecto de fabricación que va más allá de mis aficiones, gustos, defectos e impedimentos como la disfemia. A veces es como si hubiera una barrera invisible entre un servidor y la mayor parte de mi generación, y eso ha provocado que lo largo de mi juventud me haya sentido solo, incomprendido y miserable. Ninguna de estas cosas es un trofeo que exponer, ni unas credenciales que sacar al presentarse, y sin embargo veo que hoy para muchos adolescente la miseria es una charca de barro en la que se revuelcan y de la que no quieren salir. Todas las conversaciones construyen en torno a eso, hasta el punto que ya no parece la habitual fase de poeta romántico sino un concurso cuñadesco de medición fálica. 

 También hay que insistir en que uno puede ser y pensar lo que quiera, pero que las interacciones humanas tienen una serie de leyes no escritas que nos vienen dadas. Existe un acuerdo de mínimos al tratar con otros, que se aplica incluso a las personas de las que gente "normal" espera conductas raras. Los raritos de hace diez o quince años aceptábamos (refunfuñando mucho) que aprender a comportarse en sociedad es necesario porque muchas veces es vital ir a sitos o hacer cosas que no nos gustan. Muchos lo hemos acabado interiorizando como una especie de convenio con el mundo exterior (“de acuerdo, lo haré, pero me dejas en paz el resto del tiempo”), pero al parecer esta noción resulta completamente alienígena a las nuevas generaciones: ahora es la sociedad la que en todo momento ha de amoldarse a todos y cada uno de sus caprichos.

Auguro generaciones de hombres y mujeres cada vez más incapaces, y la culpa será nuestra por no haberlos educado para sobreponerse a la adversidad, sino sencillamente señalarla con dramatismo o directamente inventársela esperando un aplauso.



miércoles, 7 de septiembre de 2022

La virtud moribunda

El escepticismo es una virtud que lamentablemente quedó herida durante la pandemia y sigue desangrándose a día de hoy. En origen problema de comenzar a dar credibilidad a necedades no es, como algunos escépticos siguen empeñados en defender, de fe ciega, sino de carencias en el marco que rige la razón misma. Sin el trasfondo escéptico la razón por sí sola se acaba desviando para edificar castillos en el aire, proceso además acelerado en los mentideros de la red y el tan citado efecto de la cámara de eco. 

    Ya sabéis que en gran medida culpo de semejante crimen a gobiernos y organismos internacionales que, además de llevar años secuestrados por idealistas incompetentes, no han sabido hacer pedagogía durante la pandemia y han creado las condiciones perfectas para que individuos con sentido común se desesperen lo suficiente como para comenzar a prestar oído a las explicaciones más fantasiosas... explicaciones que a veces son extendidas o directamente manufacturadas por potencias externas (Rusia sería el ejemplo más evidente) que ven en el hartazgo generalizado y el vacío espiritual de Occidente una oportunidad única para debilitarnos y hacernos pagar su frustración por sus históricos fracasos. A nivel nacional creo que no me equivoco si afirmo que ciertos rasgos conspiranoicos comenzaron a filtrarse al debate público mucho antes de la pandemia, a partir de la historia falseada de los nacionalismos periféricos y el discurso de Podemos*, mientras que por el campo derecho fue la tibia respuesta del gobierno y el vecindario europeo en 2017-19 lo que llevó a muchos liberales o conservadores a comenzar con una necesaria autoafirmación (la lucha contra la Leyenda Negra**) pero no saber echar el freno y acabar cayendo en una pataleta revanchista contra la Modernidad.

    Ahora bien: incluso dejando a un lado la discusión de quién dio la puñalada fatal al escepticismo,  la cantidad de gente dispuesta a creer en chorradas se ha multiplicado por mil y seguirá creciendo cuando las consecuencias de la crisis energética se dejen notar. Sabiendo esto, la prioridad de nuestros gobernantes no debería ser seguir persiguiendo ideales utópicos que escupen en la cara del hombre común, sino estabilizar el barco cuanto antes si no queremos enfrentarnos a algo peor que una crisis económica en unos pocos años. Añoro esos días no tan distantes en que los conspiranoicos de la red no eran reconocidos como autoridades y la mayor parte de su público tenía insomnio, simple curiosidad o ganas de echarse unas risas. Pero en estos tiempos oscuros si uno no los dignifica como "informadores" la sala se llena de chillidos de rata ofendida, o aún peor: no tardan en aparecer las sonrisas de suficiencia y el tonillo aleccionador de quienes no saben que más que bucear en conocimiento prohibido han estado revolcándose en el fango. 


* A veces se nos olvida que en su día además de defender el impago de la deuda y el abandono de la UE, esta gente se dedicó a cortejar el mundillo del New Age.

**En la que me incluyo, pues era absolutamente necesaria teniendo en cuenta que las instituciones públicas no presentaron batalla o directamente estaban subvertidas.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Fantasmas

Creo que con el tiempo visitar lugares que no han cambiado nada en diez o quince años me pone más triste que revisitar sitios que han sufrido alteraciones. Es cierto que un lugar bonito o del que guardamos buen recuerdo puede ir a peor a medida que pasa el tiempo, pero también puede mejorar o sencillamente mantener la familiaridad incluyendo novedades que son fruto del proceso orgánico que siguen todas las cosas. En cambio un lugar querido demasiado bien conservado, donde parece que no se ha movido una mota de polvo en todo ese tiempo estará lleno de fantasmas. Cuando lo visito en vez asombrarme, sentir nostalgia sana o pensar en todo lo que ha sucedido desde entonces sólo veo personas, relaciones y proyectos que hace mucho se bajaron del tren.
    Una cosa es tener esos lugares intactos en la memoria para visitarlos de vez en cuando y otra poner el pie en ellos de forma literal. Para mí visualizarlos en la mente implica apreciar lo que significan con la perspectiva de los años, de modo que puedes llevarte algo que te sirve para crear cosas nuevas en el presente. Pero si me persono en ellos me asfixia la sensación de estar en una especie de vitrina o cementerio,  un lugar al que ya no pertenezco, o peor aún: donde podría quedar atrapado, igual que un mosquito en ámbar. Es exactamente el mismo motivo por el que no tengo problema alguno con las fotografías pero en cambio aborrezco las grabaciones de familiares que se han ido. Es antinatural: el pasado existe para la memoria, no para regresar.



jueves, 18 de agosto de 2022

Barrabás y Medea entran en un bar

El posmodernismo militante y la simpatía por el Mal

Demasiado a menudo los individuos que más machacan con el concepto de justicia social albergan las ideas más erróneas sobre el comportamiento humano y las conceptualizaciones del mal más peregrinas. De estas últimas quizá las peores sean la creencia en que el Mal como tal no existe o más comúnmente que este, lejos de implicar una batalla diaria en el fuero interno de cada individuo, puede ser solucionado a través de buenas intenciones o los sacrificios en el altar de la voluntad general. Es habitual que al señalar las fallas de dicha cura milagrosa el heroico salvador de turno recurra al "¡Ay! Si tan sólo la sociedad nos escuchara un poco..." y no hace falta rascar mucho para ver que detrás de dichas palabras se esconde el "¡Ay! si me dieran la razón sin rechistar..." y si nos atrevemos a explorar un poco más vemos que detrás se abre una escalera de caracol que desciende y desciende hasta llegar al "¡Ay! Qué bien estaríamos si cambiárais vuestro libre albedrío por los dictados de mi ideología". Lo mejor al encontrarse con dichos admiradores de Mao, a quienes regresaremos un poco más abajo, es poner tierra de por medio, pues en vez de perseguir un bien realizable lo confunden con un mundo moldeado según su capricho. Y cuando esto se demuestre imposible ¡ay de quien se cruce en su camino!  Afortunadamente no muchos llegan a tocar poder real y tienden a matarse entre ellos si lo consiguen, pero es más común es que se limiten a recrear sus fantasías en la ficción.

    Sea como fuere, el mal en la esfera humana es una realidad cotidiana, algo ante lo que debemos prevenirnos. Generalmente lo hacemos por dos vías: la formación del carácter y las acciones comunitarias. Así planteada,  tal división puede resultar engañosa porque parece un distinción entre lo personal y lo colectivo. No lo es. La formación del carácter a través de la socialización y -más en concreto- la educación no sólo nos da herramientas para desarrollar cierto autocontrol, sino que el saber que otros individuos pasan por un proceso similar asienta un marco ético común. Esto es lo que nos permite esperar ciertos mínimos por parte de nuestros conciudadanos y tener un sustrato común sobre el que discutir cuando surgen desacuerdos... en vez de temer un asaltante armado tras cada esquina. Sin embargo esta vía no es infalible: hay individuos que se escurren por las grietas del sistema y no acaban de desarrollar su sentido moral, también hay sujetos con valores radicalmente opuestos a los nuestros y por si fuera poco individuos con trastornos de antisociales de nacimiento. En términos sencillos esto significa que a menos que de repente nos convirtamos en robots existe una nada despreciable posibilidad de que en algún momento las cosas se pongan feas. Aquí es donde entra el seguro: las medidas concretas a las que la sociedad recurre para frenar al malhechor. Esas medidas, a menudo recogidas en alguna clase de código, son ante todo castigos y, ante amenazas mayores, la autodefensa mediante la fuerza de las armas. Para no complicar más el asunto, centrémonos en lo primero.

   Curiosamente, muchos de ya citados tiranillos muestran sus cartas poniendo un énfasis positivista en rehabilitar (curar) al culpable al tiempo que desprecian toda contrición. Con esto, demuestran tanto sus prioridades como su ignorancia.  El objetivo del castigo justo no es infligir dolor sino ofrecer protección inmediata a la víctima y prevenir conductas similares en el futuro. Esto muchas veces se consigue apartando al agresor del grupo por un tiempo además de obligarle a saldar su deuda. Se aplica (en distintos grados) al que comete falta grave o hace trampas en un juego, al estudiante que perjudica a sus compañeros o al ladrón. No menos importante es el efecto disuasorio que ello conlleva para todo aquel que en el futuro pudiera sentirse tentado a seguir ese camino.  Sólo una vez hemos asegurado el castigo, ya que la prioridad es la salvaguarda del inocente, podemos centrar nuestra atención en la rehabilitación del culpable y (previo arrepentimiento y buena conducta) la clemencia o las segundas oportunidades. Sin embargo, como ya hemos hemos adelantado, en nuestro tiempo prosperan los individuos que prefieren darle la vuelta a la tortilla. Siempre ha habido (y habrá) personas que, aun considerando un servidor que están muy equivocadas, se ven atrapadas en la compasión hacia el castigado porque tienen buen corazón y se ven reflejadas en esa la falibilidad que comparte todo el género humano. Sin embargo, tales individuos no son el objeto de mi crítica, sino quienes ven corrompido su sentido de la justicia por una identificación que aun siendo muchas veces inconsciente resulta siniestra y preocupante.

    El origen de la mentalidad de quienes defienden el indulto* o la equidistancia con la víctima de abusones, delincuentes comunes y hasta terroristas es rastreable en el interés del discurso posmoderno en lo marginal: mientras deslegitiman las grandes tradiciones e instituciones muchos de estos críticos se identifican con otros relatos, sobre todo aquellos que cuestionan al enemigo común que ven en la civilización occidental. A gran escala podríamos señalar la dulcificación del islamismo por parte de algunos progresistas, el discurso de que el verdadero comunismo nunca se puso en práctica o la pervivencia de variantes del mito del bon sauvage que los lleva a apoyar hasta a los nacionalismos más disparatados si tienen la más leve pátina indigenista. Parece que vivamos en una de esas pinturas apocalípticas donde el mundo se invierte y los muertos salen de fiesta o los animales de granja cabalgan sobre sus amos: el maestro teme al alumno pero el Estado lo usa para adoctrinar y usurpar la autoridad del padre, quien a su vez teme al profesor y desconoce los pronombres de su hijo, a quien por supuesto ha consentido hasta convertirlo en un monstruo ególatra incapaz de vérselas con la realidad. En un contexto así es normal que los referentes heroicos de antaño se hayan vuelto impopulares, irrisorios o directamente anatemas que no se pueden ni mencionar en público, mientras que los villanos poco a poco se van convirtiendo en referentes. Esto podemos verlo en el encumbramiento en la ficción de masas no ya de personajes a los que la etiqueta de antihéroe noventero les viene grande, sino directamente son encarnación del mal y la psicopatía sin tapujos.

    Conste que no me refiero al interés estético que puede suscitar el antagonista carismático, la canción pegadiza del malo de opereta o el soliloquio de cualquier villano shakespeariano (aunque a veces comienza así), sino a la identificación personal de muchos progresistas con lo peor que ha visto la ficción**, hasta el punto de que los grandes estudios de cine o televisión ya producen material que persigue eso. Quizá sea porque cínicamente quieren explotar ese nicho o porque contratan a guionistas incapaces de superar la fase de adolescente 𝑒𝑑𝑔𝑦 en la que apoyan la estupidez de moda para escandalizar a sus mayores y después victimizarse. El discurso subyacente siempre funciona igual, lo mismo da si se trata de una de superhéroes o el remake sin alma de un cuento de hadas: puedes cometer las peores injusticias o los actos más crueles si das penita porque en el pasado te menospreciaron, oprimieron, traicionaron, no te reconocieron como igual al instante o sencillamente no te comprendieron. Eso de las víctimas colaterales es un mito. Así, debemos ignorar deliberadamente las advertencias de las tragedias y convertir en heroínas a Carrie o a Medea (o Maléfica, Wanda o cualquier otra revisión posmoderna del tópico brujeril) y recoger firmas para que dejen libre al Joker de nuevo con la esperanza de que se modere un poquito. A lo mejor hasta se animan a venir a la concentración por el amor libre según la iglesia local de Slaanesh***.

    Bromas aparte, el foco de interés en muchas de estas narraciones subversivas puede resumirse en el discurso egocéntrico (casi solipsista) del inadaptado resentido; no la búsqueda de su  lugar en el mundo, la redención a través del sacrifico por algo que valga la pena o una gran aventura en pos del Sentido de las cosas. Atrás quedaron esos días en que el hazmerreír del instituto se convertía en el admirado héroe local o esos anónimos Montaraces protegían de horrores innombrables a las gentes de la aldea de forma completamente desinteresada. Ante todo, el éxito de las historias subvertidas proviene de buscar la satisfacción momentánea vendiendo que se hace "justicia" con los peores métodos, es decir, una válvula de escape para el lado más oscuro de la mente del espectador que complementa a la perfección los calmantes morales de las causitas a las que suele adherirse cierto tipo de persona. Si miramos tras el telón sólo vemos la venganza de un individuo contra el mundo: la misma fantasía enfermiza detrás de los tiroteos en escuelas, disfrazada y embotellada para el consumo generalizado.

Alegoría del matrimonio entre la Maldad y el Diablo
Gjisbert van Veen


*exceptuando, claro está, el hiperpunitivismo asociado a ciertos temas ideológicos

** aunque sí podríamos considerar la  interpretación en los siglos XVIII y XIX del Lucifer que John Milton presenta en El Paraíso Perdido (1667) el origen de la forma que tienen los posmodernos de interpretar las narraciones arquetípicas tradicionales: siempre es un gran engaño relacionado con el poder y autoridad para describir lo existente. Por supuesto, obvian que la serpiente y la manzana, lejos de ser símbolos de la liberación, representan el inmenso drama de la pérdida de la inocencia, causada por un odio alimentado (cómo no) por la envidia y la soberbia.

***es decir, con droga, sacrificios, engendros tentaculares y animales de granja

jueves, 23 de junio de 2022

La belleza y el conocimiento

El modo de operar de los artistas no es conocer las cosas, sino mediar entre las imágenes que tenemos de ellas y lo que sugeriremos a través de las formas. Existen procesos mediante los que podemos refinar la técnica y rellenar el banco de referentes, pero me temo que el gran caldero de la intuición escapa a cualquier clasificación racional. Es uno de esos lugares caóticos donde sencillamente se ve, y si nos preguntamos de dónde vienen ciertos elementos sólo podemos contestar que de todas partes, a veces de lugares que aparecen sin más y no tienen nada que el común de los mortales llamaría "artístico".

    Esta es la cuestión que me ha dado más quebraderos de cabeza en el último lustro, porque en cierto modo siento mi esencia dividida en dos: por una parte está la filosofía, que es el camino de mi elección, y por otro está la pulsión natural de crear cosas con las manos acordes a mi sensibilidad e intuición. El primero es un camino que tiende al orden y a las taxonomías, donde todo debe ser demostrable racionalmente; mientras que si cruzamos al otro hemisferio podemos catalogar lo que vemos en los primeros pasos, pero rápidamente todo se acaba emborronando. Sólo después de rumiar mucho tiempo lo que debería haber sido evidente desde el principio me doy cuenta de que es peligroso buscar en mi ser la preponderancia de una esfera sobre la otra, ya que además de implicar una tarea imposible supondría matar el último resquicio de inocencia y magia que me queda. Me doy cuenta de que al plantear algunas cosas que me gustan en parámetros demasiado estrictos, aunque sea para defenderlas, hace que cada vez las disfrute menos... pero estamos en 2022 y atrás quedan esas vacuas discusiones en los primeros años de la carrera sobre la justificación de la belleza: no vendrá ningún tribunal a pedirme explicaciones de mi afirmación de la superioridad de Bach sobre Mozart. Pretenderlo fue absurdo. Al final sólo estoy yo, y no necesito dar cuenta de lo que es evidente:  ni haré ver a quienes se han cegado ni quiero asomarme al abismo por el que han caído quienes enfrentan lo sublime con el bisturí diseccionador.


"Aquel que quiebra algo para averiguar qué es ha abandonado el camino de la sabiduría»



martes, 24 de mayo de 2022

Actualidad y necesidad de la Verdad

¿A qué nos referimos cuando hablamos de verdad?

¿Es la posverdad de la que tanto se habla un sinónimo de la mentira?


Ciertamente, la palabra verdad es de uso tan generalizado que preguntarnos por ella puede parecer ridículo. De hecho a muchísima gente inteligente le parece absurdo hablar de verdad como algo más que adecuación lógica. Sin embargo, bajo la fachada de cotidianidad de considerar algo “verdadero” se esconde el problema de escepticismo moderno bajo otra guisa, una que a día de hoy nos hace posar la lupa sobre sus ramificaciones políticas y sociales.

    Es sumamente interesante la primera definición del término que nos ofrece el diccionario de la RAE: Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. Ese cosas se acerca a lo que podríamos llamar verdad en mayúsculas: el orden de todo lo existente con independencia de nuestra perspectiva. Sin embargo, nos topamos aquí con un problema que nos es muy familiar en Filosofía: al no ser criaturas omniscientes ni tener posibilidad de serlo, no podemos llegar aprehender lo externo en su totalidad. De hecho, para más inri si bien la mayor parte de individuos pueden llegar a convenir esos conceptos de las cosas a un nivel elemental (Alto-bajo, frío-cálido, etc), también es cierto que las distintas culturas y una miríada de parámetros de socialización hacen que dos individuos puedan tener ideas distintas del mismo objeto, o que uno de ellos ni siquiera tenga esa idea porque nunca lo ha necesitado. Es decir: queda claro conceptualizamos, manipulamos y percibimos cosas, pero la totalidad nuestro mundo se nos escapa. Por muy bien que creamos conocerlo es imposible volverlo del completamente predecible incluso para la ciencia más estricta.

    Por ello muchas veces verdad ontológica queda reducida a un ideal que no es patrimonio de nadie, sencillamente es lo que hay. Así, quedamos por fuerza confinados en una definición cotidiana o meramente lingüística de verdad, que no será sencillamente la correspondencia de palabra y pensamiento con el mundo; sino con nuestra reconstrucción imperfecta del mismo. Por ejemplo, en muchas ocasiones se corona la explicación del paso del mito al logos con la superficial moralina de la sustitución de una patraña fantasiosa por una verdad científica definitiva. Si bien es cierto que el paso de la explicación de un determinado fenómeno con dioses y geniecillos a uno que prescinde de ellos es un gran avance no se trata ni mucho menos del fin del camino: ahí tenemos el ejemplo del modelo astronómico ptolemaico, basado en la observación de regularidades físicas y capaz de predicciones de lo más precisas; y sin embargo desbancado por uno muchísimo mejor que encima simplifica los cálculos. Lo relevante aquí para la verdad no es tanto el contenido como el método de aproximación, y sobre todo nuestra actitud al enfrentar los nuevos datos con nuestro poso de creencias.

    Ahora bien, llegados al callejón sin salida de la perspectiva comienzan a aparecer perversiones ingenuas o de plano malintencionadas. Aceptar que la realidad humana es siempre mediada es un acto de responsabilidad, pero dar el paso de decir que sólo existe ese medio -y por tanto puede ser alterado a placer- es saltar al vacío. Saber que nos relacionamos con las cosas que nos rodean mediante símbolos de las mismas es peligroso, porque a través de este mismo sistema también podemos manipular a las personas con las que compartimos lenguaje, haciendo que alteren su conducta de acuerdo a nuestro interés. Quizá el ejemplo más burdo es el de la mentira: decir algo que de plano no es, o que directamente es opuesto a lo que realmente hay. Sin embargo, hay formas mucho más sutiles de manipulación, que presentan lo existente de forma que desbarata el aparato simbólico de los demás en nuestro beneficio. Para ilustrar este punto con algo actual destacaremos el uso de términos como crecimiento negativo o desaceleración en vez de decrecimiento; crear conciencia en vez de adoctrinar; o discriminación positiva por segregación. Estos ejemplos se diferencian de los eufemismos tradicionales en que van más allá de la salvaguarda de los tabús una moral existente: a través del lenguaje pretenden alterar la realidad influyendo en las interacciones sociales más elementales, pero también en la investigación científica, el debate académico o la acción política.

    Por tanto, el gran problema al que nos enfrentamos en esta era que muchos han llamado de la posverdad no es el hecho de que se mienta; pues mentir se ha mentido siempre, y mucho. El núcleo de la cuestión no es la falsedad en sí, sino las medidas que tomamos a la hora de asegurarnos de que estamos en lo cierto y la responsabilidad que ello supone, especialmente en el ámbito del debate público. La posverdad no es más que desentenderse de los hechos en nombre del pragmatismo justificativo o el identitarismo. Como he dicho, en nuestra era abundan los malabares lingüísticos, tan comunes hasta el punto de que han hecho olvidar a muchos que si bien nuestra realidad es mediada, el mundo sigue existiendo ahí afuera y en última instancia sus fenómenos no son más que el extremo visible de la verdad ontológica.

    Aunque interactuemos con el mundo mediante aproximaciones imperfectas, la alteración del símbolo no implica un cambio en la realidad más allá de lo humano... y en el caso de lo humano, tan sólo en una diminuta parcela y por tiempo limitado. Tarde o temprano nos damos cuenta de que no se sostiene porque el mismo devenir parece revolverse contra de las falsedades que pretendemos entretejerle: uno puede hablar de desaceleración sólo hasta es que el estancamiento o la decadencia le hacen rugir las tripas, del mismo modo que uno puede negar la ley de la gravedad hasta que se queda sin dientes. Por tanto, trastocar intencionalmente el aparato simbólico de otros hasta volver el mundo irreconocible acaba repercutiendo negativamente en su capacidad para relacionarse con él. En otras palabras: la perspectiva se convierte sólo en discurso. En mi opinión, la única pauta viable para salir de la vorágine en la que nos hallamos sumidos es, en primer lugar fomentar una actitud crítica constante, que nos permita analizar si las palabras y los símbolos hacen justicia a los hechos y nuestra percepción de los mismos es mejorable. En segundo lugar, hay que tener siempre claro que la Verdad en mayúsculas es tan inalcanzable como ineludible. Es como hallarnos en en centro de un inmenso valle sin que nuestros ojos puedan percibir al mismo tiempo todos los picos nevados que nos rodean ni nuestros brazos abarcar al más pequeños de ellos, pero no por ello negamos la presencia de tales montañas.

    Al final, cada uno puede decir y tratar de creer lo que quiera, pero afirmar que el emperador lleva un espléndido jubón de aire no altera su desnudez ni en un milímetro.


Texto ampliado a partir del guión de una intervención en el Seminario Permanente de Filosofía del CDLIB en 2019.


La verdad y la piedad, de Pompeo Girolamo Batoni (1745)


Nosotros, los intelectuales


Quienes me conocen desde hace algún tiempo saben que en ciertos campos (sobre todo las artes) defiendo ideas elitistas, ya que creo que cada persona puede desarrollar sus habilidades de un modo radicalmente distinto al de sus congéneres. Por eso considero que cuando determinados temas se ponen sobre la mesa la voz de los más experimentados o quienes han cultivado sus talentos y sensibilidades deberían tener más peso que el de alguien que simplemente pasa por ahí. Sin embargo, desde hace unos años también he aprendido a aborrecer con más intensidad la cantinela de "𝑛𝑜𝑠𝑜𝑡𝑟𝑜𝑠, 𝑙𝑜𝑠 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑙𝑒𝑐𝑡𝑢𝑎𝑙𝑒𝑠". Esa es la gran tentación de pensadores de todo pelaje que, queramos reconocerlo o no, han sido instigadores de muchas desgracias que han azotado al mundo en los últimos cuatro siglos. Su pecado original no ha sido otro que desprenderse de la humildad, la más excelsa de las virtudes filosóficas, y erigirse en frías efigies de mármol cuya mano derecha dice velar por el hombre común mientras la izquierda, oculta a la espalda, gesticula con asco cuando se acercan a pedir limosna. Gran parte de los pecados de la Modernidad se deben a este tipo de individuos, ya que en el fondo de todo discurso progresista, (independientemente de la época o el color político) se esconde la idea de forzar el nacimiento de alguna variante del “Nuevo Hombre”... algo que además de ser imposible, suele implicar señalar a otros como lastres que impiden que de la noche a la mañana nos convirtamos en semidioses dorados. Con esto quiero decir que el problema del progresismo es que trata de moldear al mundo para que se adapte a universales que sólo existen en la mente de sus adeptos y por tanto no concibe la posibilidad de que alguien pueda rechazar sus tesis de forma racional. Esto hace que todo intento de lograr un compromiso de “vive y deja vivir” sea imposible y tarde o temprano, cuando hayan acumulado el poder suficiente, volverán a llamar a la puerta para obligarte a postrarte, quitártelo todo o eliminarte de su bonita ecuación.

    El mejor consejo que puedo dar para prevenir la influencia de dicha cosmovisión desde la cotidianidad es no fiarse nunca de nadie que no sepa trabajar con las manos. Recordemos que aquello que los romanos llamaban 𝑎𝑢𝑐𝑡𝑜𝑟𝑖𝑡𝑎𝑠 y asociaban al poder de asesoría o legitimación del Senado originalmente (también en la hélade que vio nacer a tantos cerebros barbados) provenía del prestigio de quien podía demostrar su maestría en un oficio. En la escala a la que me estoy refiriendo aquí no tiene que ser necesariamente un oficio manual: tomarse en serio una afición compleja es suficiente para no perder el contacto con esos orígenes ligados a la práctica. La cuestión es que hace falta saber operar en el mundo de los objetos tangibles, porque en él puedes pillarte los dedos o las cosas pueden salir mal tantas veces y de formas tan evidentes que acabas desarrollando algo de sentido común solo para no tener que volver a comenzar desde cero a la mínima que te descuidas.  Es una lección imprescindible, porque en la constelación de las ideas es demasiado fácil señalar al cruel destino, decir que es culpa de otros o negar la derrota. Si alguien que no ha operado lo suficiente en la corporalidad de repente se pone a dar órdenes que afectan a otros, el fracaso y la falta de aprendizaje sobre el mismo están más que garantizados.

"Tan grande fue el poder de la voz de Saruman en este último esfuerzo que ninguno de los que escuchaban permaneció impasible. Pero esta vez el sortilegio era de una naturaleza muy diferente. Estaban oyendo el tierno reproche de un rey bondadoso a un ministro equivocado aunque muy querido. Pero se sentían excluidos, como si escucharan detrás de una puerta palabras que no les estaban destinadas: niños malcriados o sirvientes estúpidos que oían a hurtadillas las conversaciones ininteligibles de los mayores, y se preguntaban inquietos de qué modo podrían afectarlos. Los dos interlocutores estaban hechos de una materia más noble: eran venerables y sabios. Una alianza entre ellos parecía inevitable. Gandalf subiría a la torre, a discutir en las altas estancias de Orthanc problemas profundos, incomprensibles para ellos. Las puertas se cerrarían y ellos quedarían fuera, esperando a que vinieran a imponerles una tarea o un castigo. Hasta en la mente de Théoden apareció el pensamiento, como la sombra de una duda: «Nos traicionará, nos abandonará... y nada ya podrá salvarnos.»

De pronto Gandalf se echó a reír. Las fantasías se disiparon como una nubecilla de humo"

Las Dos Torres, libro I 

 

"Saruman, tu vara está quebrada"

viernes, 22 de abril de 2022

Al César lo que es del César

 Pese a lo mucho que critico por aquí algunos aspectos culturales del mundo anglosajón, lo cierto es que hay una cosa que de la deberíamos tomar ejemplo en el resto de Occidente: ellos han conservado y codificado para la posteridad aspectos clave del derecho natural que nosotros hemos olvidado o abiertamente despreciamos. Los sistemas basados en la Common Law inglesa son infinitamente superiores a los de raíz continental o afrancesada porque parten de la noción clave de que el ser humano es libre por naturaleza, y por tanto la ley tiene el doble cometido de decir al ciudadano lo que no puede hacer (para hacer posible la vida social) y servir de contrapeso limitando la intromisión estatal en la vida privada (para eso sirven los derechos). En otras palabras: la tradición anglosajona contiene un sano escepticismo frente al poder que al mismo tiempo permite relacionarse con él de una forma mucho más madura que otras tradiciones. Se trata de un sustrato cultural que facilita el análisis crítico de la influencia de voluntades ajenas sobre nuestras vidas.

    Como ya escribí en otra ocasión, la definición más genérica de poder no tiene que ver inmediatamente con el Estado ni el sometimiento del otro, aunque a la larga siempre tienda a ello. En origen, el poder es la capacidad que tiene el individuo de proyectar su voluntad en el mundo y así transformar o reconducir la realidad según su parecer: cuando nos comemos una manzana o movemos una silla en cierto modo estamos ejerciendo poder. No hace falta atar muchos cabos para ver la relación de esto con la libertad, el conocimiento y las promesas dulzonas serpiente del Génesis. Baste decir que los problemas comienzan cuando (directamente o por ramificaciones insospechadas) nuestra esfera de influencia se topa con la de otras personas de cuyo contacto, como animales sociales que somos, no podemos renegar. Como adelantaron Locke o Hobbes, para que la vida social sea posible todos debemos ceder una parte de nuestra libertad originaria. Por eso idealmente el marco normativo de una sociedad consiste en estipular qué líneas no pueden traspasarse.  En cambio, en el Viejo Continente se ha caído en una aberrante inversión: creemos que lo normal es que el Estado nos provea de una limitadísima carta de derechos o conductas aceptables, y a cambio le entregamos la potestad para decidir caprichosamente cualquier otro aspecto de nuestras vidas.

miércoles, 6 de abril de 2022

La misma cuerda

Muchas veces critico el arte contemporáneo o ciertos tipos de música moderna, pero que hayan llegado a una posición preeminente y sigan firmemente atrincherados en ella es responsabilidad también de lo que debería haber sido la alternativa. De hecho forma parte de un círculo vicioso que hace que la gente cansada de los excesos de un lado de vaya al otro y no vea que el arte tiene que ver con otra cosa. 

    Con esa falsa "alternativa" me refiero al vano virtuosismo, al formalismo o al academicismo elitista que enraizaron en el siglo XIX y siguen (aunque con menos peso institucional) ahí a día de hoy. A veces uno puede encontrarse frente a verdadera perfección técnica  en cuadro hiperrealista pero al mismo tiempo no ver arte por ningún sitio. Lo mismo con las escalas interminables de algunas piezas clásicas. 

El otro día traduje (del inglés) el siguiente poema egipcio de finales del segundo milenio a.C. :

"Ojalá tuviera frases desconocidas,
dichos que fueran extraños
palabras novedosas, nunca probadas,
libres de repetición
y no refranes heredados,
pronunciados ya por los ancestros.

Escurro los contenidos de mi fuero,
tamizando todas mis palabras;
pues lo que se ha dicho no es sino imitación,
cuanto decimos se ha dicho ya."

    Como puede apreciarse, hace más de cuatro mil años ya se preocupaban por la cuestión de la originalidad literaria, cosa que bien podría aplicarse a cualquier forma de arte. Y aunque no podemos sino dar la razón a Jajeperreseneb en que no hacemos sino reordenar una y otra vez piezas con las que ya jugaban nuestros antepasados, es innegable que desde entonces han aparecido muchas obras que pese a sus referentes, inspiraciones o influencias inconscientes consideramos únicas y sublimes, hitos en la historia humana. Por doquier encontramos pruebas fehacientes de que hay otras fuerzas misteriosas operando en el proceso creativo, que aunque se apoyan en la técnica y el conocimiento teórico sin duda los trascienden. Por esto soy firme creyente en la idea de que para que la experiencia estética sea posible es necesario que el artista vierta un poco de su subjetividad en lo que está haciendo y encuentre un lenguaje adecuado para volverla universal, aunque se guarde parte del misterio.

   Por esto mismo lo que algunos consideran el arte actual y aquello en lo que institucionalmente se ha convertido el viejo arte no son sino cabos opuestos de una misma cuerda, y aunque a día de hoy el discurso del lado subjetivo y caótico lleva ventaja, sería igualmente dañino que diéramos al control a la tribuna de los fríos mármoles; o que cayéramos en la tentación de pensar que la fórmula del arte puede ser sintetizada a base de poner electrodos en la cabeza del artista. Llegados a ciertas fronteras lo único que uno puede hacer es quedarse en silencio y disfrutar de la magia.

Nebulosa del Águila
Créditos:
T.A.Rector (NRAO/AUI/NSF and NOIRLab/NSF/AURA) and B.A.Wolpa (NOIRLab/NSF/AURA)


miércoles, 22 de diciembre de 2021

Curas paliativas

Quizá la prueba de que un mundo asépticamente moderno no puede desprenderse de la búsqueda del Sentido es que existe el arte contemporáneo. Si ignoramos a los especuladores y a los buscadores de prestigio, en sus consumidores vemos individuos que buscan un pasaporte a la salvación.

    Necesitan creer que participan de un misterio más grande que su propia existencia y que con algo de dinero pueden llevarse un fragmento de ese relato a sus casas.  A veces nos preguntamos por qué funciona tan fácilmente la treta del vestido nuevo del emperador, pero es que desde el fin de la Modernidad la alternativa ya no es el ridículo, sino sencillamente sentarse a esperar la muerte. En nombre de una perfección inalcanzable (la creencia optimista en la iluminación o el fin de la historia) hemos torpedeado todo lo demás, empezando por la religión, hasta quedarnos sin nada. Por eso aunque no escuchen nada significativo en el eco de las palabras del supuesto artista muchos se acaban forzando a creer que hay una red que les evita caer por el precipicio. O quizá más que temer el descuido les aterra la fatal atracción del vacío.

 Sea como fuere, el problema es que dicho salvavidas se apoya en un discurso que niega la legitimidad de las formas de arte o artesanía tradicionales, aquellas que además de evitar la debacle son capaces de ennoblecernos y abrirnos a un mundo donde aún existe una belleza que no puede ser diseccionada o cuantificada, esas mismas formas de arte que han seguido existiendo y evolucionando pese a no ser de ningún interés para la Historia del Arte. Por eso, el arte contemporáneo es inmoral incluso antes de que el dinero aparezca en la conversación: mantiene con vida, sí,  pero aleja toda posibilidad de curar la enfermedad.

Alegoría del Tiempo desvelando la Verdad,
Jean-François de Troy (1733)


miércoles, 26 de mayo de 2021

Indultos y razón de estado

Nicolás Maquiavelo meditando sobre si es mejor la salsa pesto o la boloñesa

Al presidente del gobierno deberían recordarle que si existe la ley es precisamente para que las cosas se decidan por parámetros ajenos a la venganza. Y aún así, tras la moción de censura, Sánchez estiró el chicle para que la espada de la justicia no diera de lleno en el blanco y saliera lo que todos sabemos que sucedió: una rebelión. La tesis de la ensoñación no se sostiene por ningún sitio, pero convengan conmigo que pese a no estar de acuerdo debemos acatar lo que dice la sentencia. Como dijo Tolkien en el Silmarillion: quienes defienden el orden frente a la rebelión no deben rebelarse ellos mismos.

    Aquí los únicos que tienen ganas de venganza son los que arrastran un complejo de inferioridad por procesos que se iniciaron hace cinco siglos. No se engañen: antes de que llegara la dictadura franquista las tesis principales del nacionalismo catalán ya existían: y eso que desde la muerte del despotillo no han hecho más que ganar en derechos. Con los líderes catalanes no hay que jugar a nada,  no hay que pasarse de listo, no hay que ir de adulto indulgente frente a unos niños irreverentes. No hay que darles "indultos estratégicos" ni nada parecido porque ellos por propia voluntad violaron la Carta Magna, dijeron que cuando puedan lo volverán a hacer y se metieron en aguas donde ha de prevalecer la RAZÓN DE ESTADO.

    Ya saben ustedes que como liberal tengo mis remilgos con esta cuestión en particular. Evidentemente los derechos de los ciudadanos son inalienables, y especifico esta obviedad porque no deseo añadir más interpretaciones maliciosas a mi hoja de servicio. Por tanto, deberemos clarificar dónde se cruzan  dos aspectos aparentemente irreconciliables de la dimensión social del hombre: por una parte tenemos los derechos individuales, como el derecho a un juicio justo, el de expresión o el de asociación...Y por otro la necesidad de preservar el Estado.

    Tradicionalmente estos dos aspectos se han visto como opuestos, y de hecho tal división sigue siendo más que válida en nuestro días. Pero en este caso en concreto creo que desde una óptica liberal (clásica) tal conflicto puede disolverse si partimos de la pregunta correcta: ¿Qué debe hacer el Estado para que valga la pena preservarlo?

    La respuesta es simple: al Estado hay que preservarlo si es legítimo. Y es legítimo cuando respeta y hace respetar la ley, comenzando por la Carta Magna. Y desde un punto de vista occidental será aún más legítimo si dichas leyes amparan al ciudadano garantizando la coexistencia pacífica en base a sus derechos. En otras palabras: las democracia liberales, con todos sus errores, se legitiman sobre la base de garantizar un marco de tolerancia donde en vez tirarnos de los pelos podemos convivir aun pensando distinto. Y en España no existen leyes a perpetuidad: todas pueden cambiarse con los adecuados procedimientos para adaptarlas al sentir de la mayoría. 

    Por tanto, ya podemos ver la convergencia de ambos caminos en la cuestión de los políticos catalanes. Estado y derecho van de la mano porque los gerifaltes del procés se saltaron la legalidad a la torera, hicieron que la ciudadanía se alzara por una causa ilegítima y además de engañarlos les robaron a manos llenas antes de enviarlos a recibir los porrazos que deberían haber recibido ellos mismos ¡a veces incluso enviaron a los mossos a ablandarles los sesos y después dieron las gracias a los bobos que acudieron al zurradero! Me extraña que aún no se les haya ocurrido cobrar entrada o poner un impuesto sobre el porrazo.

    Los partidos independentistas y asociaciones como Omnium han abierto una sima insalvable en la sociedad y volado por los aires el marco de tolerancia del que hablábamos arriba. De hecho, el presidente catalán rechazó en dos ocasiones acudir a las Cortes a debatir sobre la cuestión. Muchos olvidan también que los catalanes desde los albores de nuestra democracia han tenido derecho a fundar partidos independentistas y hablar de lo que quieran sin trabas. Han ganado elecciones autonómicas y pactado con gobiernos nacionales desde 1978. El "procés" independentista comenzó con la mezcla explosiva de una alta burguesía y población rural abiertamente supremacistas, la crisis económica de 2008 y unos urbanitas a los que Artur Mas mintió para que creyeran que España les robaba cuando en realidad lo hacían él, sus compinches y también sus "molt honorables" predecesores.

    No es ya el mensaje interno y la consabida inestabilidad que un indulto podría acarrear para  nuestra nación, es que desde el principio del procés gran parte de la sociedad catalana ha querido minar la posición de España en el mundo. Es más allá de nuestras fronteras donde la Razón de Estado gana el peso supremo ¿Qué clase de mensaje estamos dando a nuestros rivales en el vecindario global? ¿Que somos un Estado débil en manos de un presidente narcisista, que hace lo que sea para salvar el cuello? ¿Que los indultamos porque sabemos que algo hicimos mal? ¿Que por tanto Bélgica tenía razón al acoger a nuestros enemigos, algunos de ellos terroristas, desde hace décadas? ¿Que un nación europea soberana está con el agua al cuello por culpa de cuatro provincianos de una taifa díscola?

    A día de hoy siguen diciendo que lo volverán a hacer y siguen distorsionando nuestra ya de por sí precaria posición intenacional. Si la España que se hace llamar progresista los indulta lo que hará será probarnos como un país de segunda en el que aún se espera la llegada de la Modernidad. Los indultos son un escandaloso resquicio del absolutismo, y el único acto digno que podría hacerse al respecto es que el Rey, la única persona que dio la talla en 2017, se negara a firmarlos. Sánchez es un egocéntrico irresponsable que no estará para siempre en el poder, pero la monarquía seguirá ahí: si el rey sabe lo que le conviene hará lo posible para evitar que un sociópata con corbata cause daños permanentes. Porque los jueces son intimidables, pero la alternativa para Felipe VI es ser más rehén de lo que actualmente es.


lunes, 26 de abril de 2021

Mansedumbre

Además de la cuestión europea, el motivo por el que asistimos constantemente la crítica de ser un país de servicios pero no cambiar nada es la comodidad  de los gobernantes. De reindustrializase, España volvería a tener una clase trabajadora de verdad y eso obligaría a los políticos de izquierda a ser algo coherentes ¡o al menos a esforzarse en fingir mejor!

En cambio, conviene a muchos que seamos un país  de microburgueses depauperados y funcionarios con falsa conciencia: a los primeros siempre puedes estrangularlos más flojito si se quejan, y con los segundos agitar un poco el sistro monedil basta para que vuelvan a sus plácidos sueños. Además, lo que unos y otros comparten es ver en el político contradictorio un reflejo de sí mismos. Por eso los toleramos tanto.

De hecho, incluso quienes se dan cuenta de que la raíz de tantos males es la clase política no hacen nada. Prefieren que la amargura los consuma o desentenderse de todo hasta que el Estado caníbal venga a llevárselos a rastras. Es éste el mayor crimen de la socialdemocracia: crear una burguesía anestesiada que teme el riesgo inherente a todo cambio, que teme el síndrome de abstinencia estatal. Y encima nos han hecho creer que en nuestra mansedumbre estamos salvando el mundo.

Si no fuera tan terrible sería una obra de arte.

jueves, 25 de marzo de 2021

La hýbris escéptica

Algún día se hablará del daño que han hecho las personalidades y colectivos escépticos o cientificistas (que no científicos) con sus aires de superioridad y arrogancia. Yo mismo participé de eso en su día. 
  
    El punto de partida del buen escéptico debería ser la humildad filosófica. Sólo a través de ella uno puede descender al sustrato de creencias que constituye el cimiento de todo saber. Porque el verdadero conocimiento es más que creencia (es método, es crítica) pero se asienta sobre ella. Saber algo implica creerlo: no podemos saber que una manzana es roja y al mismo tiempo creerla azul. Sin aceptar esta verdad fundamental hacer pedagogía se vuelve imposible y además se genera una estética repelente que va en detrimento de la causa que es defendida. 

    De hecho, si ignoramos esto no solo corremos el riesgo de caer en el dogmatismo, sino contagiar a cualquier observador impulsivo. Un breve vistazo a nuestra sociedad es suficiente para constatar que no hace falta ser religioso para ser un zelote, de hecho en estos tiempos quienes adoptan las formas y el supremacismo de algunos escépticos pero no el mecanismo de fondo superan con creces a los ultraconservadores.

Pero bueno, sigan ustedes recitando listas de falacias a ver si cambia algo. 





martes, 9 de marzo de 2021

La Gran Cosecha

    Los 90 fueron una especie de charco de agua estancada en los que -salvo Yugoslavia- no pasó casi nada relevante para el mundo libre. Se hablaba del mundo post-URSS como el Fin de la Historia donde sólo podíamos ir a mejor y comer perdices. En realidad ese apesebramiento generalizado y falta de amenazas serias generó una sociedad y una clase política incapaces de pensar a largo plazo. Por eso desde entonces las instituciones se han degradado sin esperanza de ser regeneradas, la economía se dirigió sin pensar en las generaciones futuras y comenzaron a popularizarse formas de planificar tan idealistas (por la vía "blanda", a diferencia de lo soviético) que no pueden funcionar sin tener un cuerno de la abundancia a mano. Hasta el pensamiento racional se comenzó a devaluar hasta la sopa primordial que tenemos hoy. Y entonces la burbuja explotó con la atrocidad de las Torres Gemelas, la crisis de 2008, la involución de la cultura y finamente la ordalía que estamos viviendo ahora. Los dioses han pagado la factura de nuestros pecados y han dicho que nos podemos quedar con el cambio.

    La pregunta más lógica que podríamos hacernos en este momento es hasta cuándo durarán las penurias de nuestra Edad. Aventurarse con la futurología y aproximar fechas sería poco sensato, pero como todo buen castigo durará hasta que aprendamos la lección. Para clarificar: desgracias las habrá siempre, pero podremos afirmar que estamos a la altura de los tiempos cuando reconducimos el potencial de las aguas del diluvio en algo útil, o al menos no invertimos las fugaces horas en crear nuevos problemas.



domingo, 7 de marzo de 2021

El elefante, Dios y los liberales

Por si alguien no se ha dado cuenta, en este blog Jonathan Pageau y Jordan Peterson a veces actúan de elefantes silentes en la esquina. El primero es un tallador de iconos ortodoxos aficionado al simbolismo... y respecto al segundo, no conocerlo es sinónimo de haber estado viviendo bajo una piedra durante la última década. En su día hablar de Peterson levantaba pasiones en la esfera mediática, y su reciente regreso a la palestra ha resucitado la polémica sobre su discurso. Sea como fuere, recomiendo suscribirse a sendos canales de youtube porque suelen tratar temas interesantes, se esté de acuerdo con sus propietarios o no.

    He escogido este momento para hablar de la figura de Peterson porque, tras una larga convalecencia y unos años en los que muchos hemos echado en falta sus opiniones sobre actualidad, ha vuelto a hacer un podcast con Pageau, y lo que resulta de dichos encuentros suele ser de lo más interesante. Baste decir que en 2018 hicieron un vídeo sobre la metafísica de Pepe. Sí, me refiero a la rana. Pero no nos desviemos del tema: en el reciente podcast hay un momento en que cualquier individuo que conozca los padecimientos recientes de Peterson y se haya planteado seriamente la cuestión de la relación religión-filosofía se ha de estremecer. Ese momento, combinado con un artículo que acabo de leer, es lo que me ha empujado a escribir esta entrada.

Los iniciados entenderán la referencia


No sorprenderá a nadie la afirmación de que los medios suelen recurrir a hombres de paja para hablar de Peterson. Y los medios españoles no iban a ser una excepción. La suspicacia detrás de dichas falacias la presenta explícitamente Elena Alfaro en su reciente artículo de Vozpópuli: ella y otros informadores padecen una extraña dolencia, caracterizada por un irracional temor a dar apoyo intelectual a la extrema derecha si no tiran una o dos piedras al doctor canadiense. Me cuesta creer que alguien que haya leído su libro o visto una de sus intervenciones pueda decir que Peterson es un gurú de alguna clase de extremismo. Por mi parte comparto las habituales críticas de que a su best seller le falta finura filosófica o que su uso generalista del término posmoderno es incorrecto, pero relacionarlo de alguna forma con el conservadurismo extremo o el fascismo es haberlo entendido todo al revés o ser un vil mentiroso. Por otra parte está el desprecio de la intelectualidad a sus escritos, ya que para muchos es poco más que un gurú medio astrólogo que juega a ser científico.

    ¿Pero de veras podemos llamar a su trabajo autoayuda? Desde luego, aunque visto el panorama social en la juventud no creo que podamos permitirnos el lujo de despreciar esos formatos de fácil acceso ¿Podemos afirmar también que todas sus afirmaciones son científicas? No, aunque él tampoco lo dice en ningún momento, ni está vendiendo su trabajo como un tratado positivista.

    Peterson sencillamente muestra a su audiencia un gran cuento -o una parábola si se prefiere- para introducirla de forma sencilla en un gran relato que está por todas partes y que sin embargo se escapa a cualquier encorsetamiento verbal. Está haciendo un trabajo que normalmente se encontraba reservado a padres y abuelos.

    Que este hombre sea mentado como intelectual útil para tiranías o populismos de cualquier clase es demasiado para cualquiera que conozca sus opiniones. Donde esto se ve de forma más clara no es en las presentaciones para profanos sino en grabaciones de sus lecciones en la universidad (Sobre todo Maps of Meaning). No ya porque normalmente bucea en los orígenes del totalitarismo y trata de prevenir la deshumanización que conlleva, sino porque cualquier espectador que ponga algo de atención puede ver que constantemente se está marcando unos límites nada fáciles en su discurso ¿Vamos a alegar acaso que sus lágrimas en el podcast son algún tipo de montaje? ¿Quién puede quedarse indiferente ante lo que dice en ese preciso momento? Peterson es el primero que toma responsabilidad por sus palabras, y aunque muchos hayan encontrado en sus libros un camino a la religiosidad, él mismo no atraviesa ese umbral. No afirma la existencia de Dios porque sabe que una vez aceptadas ciertas cuestiones de fe es extremadamente difícil establecer los límites del comportamiento justificable. Quizá Peterson hable de religiosidad, pero sigue siendo escéptico en sus afirmaciones porque conoce las consecuencias de una fe desbocada ¿Acaso no es ese también un punto esencial de su crítica al identitarismo moderno?

    Como amateur del simbolismo y graduado en filosofía puedo entender perfectamente la agonía de tener que lidiar con que muchas cosas van mejor si se vive aceptando cierta realidad narrativa... pero al mismo tiempo no poder aceptar la literalidad de su primer principio por los peligros que ello conllevaría para uno mismo y para los demás. Si el filósofo ya es un funambulista la mayor parte del tiempo, quien bucea en las profundidades narrativo-simbólicas en busca del Sentido es prácticamente un kamikaze. Lo que no puedo ni quiero imaginar es qué nivel de tensión ha tenido que acumular el doctor Peterson por ser todo esto y además un ídolo de masas que transmite esas ideas a un público que lo trata de figura paterna. Por no hablar del efecto de dichas cuestiones espirituales en su reciente convalecencia, enfermedad que sus muchos enemigos han explotado de un modo completamente rastrero y deshonroso durante los últimos meses.

    Como he adelantado, el artículo de Alfaro es uno de los motivos que me han impulsado a posicionarme sobre lo que Peterson representa. No ha sido leer el artículo en sí, sino verlo compartido y alabado por políticos supuestamente liberales. No es la primera vez que veo esta clase de discurso en políticos del establishment, que también han pasado por el aro de criticar a los youtubers que se van a Andorra y otros tantos tópicos que uno esperaría ver en boca del visir de Chávez

    ¿Qué demonios les pasa a los liberales españoles cuando se asientan en el poder? ¿Acaso vuelven trastornados de sus viajes a Bruselas? ¿Tan socialdemocratizados están que alguien que promueve la responsabilidad individual, el pensamiento crítico, el escepticismo y el sentido común les parece un peligroso extremista?

Enlace al Podcast: https://www.youtube.com/watch?v=2rAqVmZwqZM

jueves, 18 de febrero de 2021

El año de la amnesia

 El tiempo transcurre más rápido de lo que parece. Aunque tengo la sensación de que solo han pasado meses, hoy rememoro la percepción del Covid que tenía hace un año, apenas unas semanas antes de que comenzara el caos que hoy muchos se apresuran a empujar bajo la alfombra. Y es que por mucho que ignoremos las imágenes, palabras y el hueco dejado por los que se han ido seguirán ahí. Querer olvidar esto es rechazar un conocimiento que podría ayudarnos a prevenir situaciones similares en el futuro y a mejorar como sociedad.

    A finales de 2019 y Enero de 2020 el público occidental no estaba al corriente de lo que sucedía en Wuhan. Los medios tradicionales disponían de poca información y además no querían mostrar nada que pudiera disgustar al capital chino. La OMS, como supimos más adelante, hizo caso omiso de las serias advertencias de Taiwán y otros países. No sucedía lo mismo en Internet, puesto que aunque Twitter o Youtube dificultaron la difusión de ciertas imágenes muchos llegamos a verlas: hospitales saturados, recepciones llenas de camillas o gente conectada a bombonas, personas dependientes muriendo de hambre, pilas de ataúdes y las más que sospechosas columnas de humo, que se elevaban en Wuhan mientras el PCC negaba la mayor y ordenaba arrestar a los sanitarios que quisieron advertir al mundo de lo que estaba sucediendo.

    Debo reconocer que en Diciembre y Enero tuve miedo de la misteriosa peste, pero a medida que pasaban las semanas y veía que los medios generalistas españoles no se estaban haciendo eco de nada rebajé algo mis preocupaciones: quizá no era nada grave, pensé, quizá en la sobrepoblada Wuhan se les había ido de las manos por una cuestión de organización y ceguera provocada por el orgullo patrio. Esta laguna informativa fue seguida de una campaña de burlas y menosprecio por parte de muchas figuras mediáticas, quienes se supone están más al corriente de lo que sucede en el mundo que el ciudadano medio. Quizá por eso me confié y al final mi comentario principal sobre el virus chino fue "esto no es tan grave pero debería servirnos de advertencia por si acabara llegando algo peor. La ingenuidad y el bienquedismo en materia fronteriza que Europa está demostrando en los últimos tiempos podrían hacernos mucho daño"

    La verdad es que me equivoqué completamente al fiarme del ambiente social antes de las imágenes que había visto las semanas anteriores: "el algo peor" estaba delante de nuestras narices . Además de la falta de información el virus se convirtió en una cuestión ideológica mucho antes de Marzo: quienes ahora se rasgan las vestiduras y buscan negacionistas bajo las piedras por aquellas fechas estaban quitando hierro al asunto, animados por el ascenso de un gobierno afín. El triunfo de la política de gestos hizo que los ciudadanos no nos diéramos cuenta del terreno pantanoso hasta que el agua nos llegó al cuello. En menos de veinticuatro horas el discurso institucional, mediático y de los activistas cambió radicalmente: de alentar las concentraciones masivas, saturar del transporte público y burlarse de quienes advertían del peligro pasaron a las caras pálidas. El famoso "les va la vida" de Carmen Calvo acabó siendo cierto, aunque no en el sentido que ella habría deseado. Más tarde supimos muchas otras cosas sobre la actuación del poder en esas horas fatídicas, ninguna de ellas buena.

    Durante el confinamiento vimos una indignidad tras otra: periódicos alabando la gestión de la satrapía que no pudo contener al virus, políticos diciendo que no pedirían perdón, supimos del cese de los especialistas que advirtieron de lo que se nos venía encima, vimos presiones gubernamentales para fiscalizar la opinión pública, golpes internos en las fuerzas de seguridad estatales, periodistas fantasma y una demostración tras otra de la total bancarrota moral de la clase política y mediática. No digo más porque no tengo espacio ni ánimo para relatar tanta vileza. Un año y más de cincuenta mil muertos después nuestra economía está arruinada, no ha dimitido nadie, no se ha reconocido ningún error y los juzgados se niegan a echar mano a los responsables de la hecatombe.

    De la noche a la mañana hasta la oposición se ha olvidado de esas responsabilidades que iban a exigir, y si lo ha hecho es porque los integrantes de los partidos políticos lo ven como una cuestión de clase, tan separados como están de sus electores ¿Qué es eso de procesar a políticos? Quizá puedan deshacerse de alguno cuando lo pillan robando, pero sean diestros o zurdos a los políticos jamás se les ocurriría permitir que el vulgo pudiera exigirles responsabilidades. Pueden pelearse entre ellos por el poder, pero no abrirían jamás ese melón.

    Sin embargo, lo que me disgusta más de este asunto no es la actuación de una minoría con el corazón podrido. El fracaso de la mal llamada nueva política probó que no hay excepciones cuando se trata de la catadura moral de nuestros gobernantes. El verdadero problema es que aún sabiéndolo no hacemos nada: la ciudadanía nubla voluntariamente su memoria queriendo dejar atrás el dolor, pero como adelantaba al principio de este escrito hacer eso es negarse a aprender de lo sucedido y mejorar. Desde un punto de vista cínico la política española siempre ha sido una economía de males menores, pero en los últimos tiempos tal proceso ha degenerado aún más: a día de hoy hasta agradecemos los puntapiés con tal de que nos dejen lamer las migajas de sus obesas manos.



martes, 15 de diciembre de 2020

La culpa de los filósofos

Como graduado en filosofía no puedo sino avergonzarme al ver que la misma civilización que ha alumbrado a Aristóteles y a Kant ahora se halla sumida en problemas creados por su propia mano, identidades y categorizaciones estériles que poco tienen que ver con la libertad y mucho con crear comidilla política y doblegar voluntades ajenas. Es bochornoso y hasta criminal que tantos filósofos, sobre todo los que tienen el trasero pegado a sitiales o aspiran a ello, se hayan dejado seducir y que en vez de clarificar se dediquen a aplaudir o incluso a dar apoyo ideológico a basura pseudointelectual. Están jugando con fuego como niños irresponsables: piensan que nada de esto tendrá consecuencias; que no se arruinará nuestra capacidad de vérnoslas con la realidad y entendernos pacíficamente con nuestros semejantes ¡a palazos meterían tales entelequias en el sistema educativo y al final volcarán el vagón entero si con ello pueden prenderse una nueva medallita! Da igual la necedad que se diga si suena bien y con ello se consigue otro titular de "filósofo dice", preferiblemente acompañado de una fotografía rascándose la barbilla con expresión inteligente. El pensador se ha creído su propio mito, para desgracia de todos.

Pero mezquindad habrá siempre. Si os soy franco lo que peor me parece es la cobardía que permite que el mal triunfe, ese autoengaño que se escuda en el respeto a los sentimientos o una falsa humildad ante lo que se desconoce... cuando en realidad no es sino tolerar la dispensa general de cicuta, el castigo a la virtud o el desprecio a la libertad, y todo esto por miedo al dedo acusador de la turba.

Por todos es sabido que las lecciones impartidas por Kant (y otros tantos) no versaban sobre sus aportaciones personales, pero que estas acabaron incorporadas al canon de las generaciones futuras por su singular valor, reconocido por todos. Ahora esta cadena se ha roto, tanto porque en nuestros tiempos no importa a nadie el desarrollo de ideas en profundidad como porque cuando lo hay se hunde en un mar de morralla. Irónicamente el progreso que podría suponer la era de la información a nivel de transmisión de ideas se ha convertido en un sumidero donde lo bueno se pierde entre grandes masas de irrelevancia. Al final si el pensamiento occidental tal y como lo conocemos sobrevive no será gracias a gobiernos, academias e intelectuales, sino a pesar de ellos. Serán los heterodoxos, los capagrises, los liminales, y el disperso linaje de los filósofos aún preocupados por la vida y la belleza quienes conservarán el tesoro ahora que la tradición ha sido expulsada del templo. En otras palabras, se salvarán quienes estén en carreteras secundarias bien lejos de lo oficial y su acelerada carrera hacia del barranco del falso progreso.




miércoles, 25 de noviembre de 2020

De trasgos y problemas del primer mundo


Original del pasado 27 de Abril. Al final no lo publiqué porque pareció que la turba se iba a olvidar pronto del tema, pero no ha sido así. De hecho, sobre todo en lo que respecta a la obra de Tolkien, es una cuestión que resurge periódicamente en las redes.


Como curiosidad, me comunican que ayer fueron tendencia los Orcos. Al parecer ciertos pobladores de twitter decían que los Orcos son un invento racista, ya que son descritos con características inherentemente bárbaras y violentas, además de de parecer en el caso de los de D&D y Warcraft caricaturas de personas de ciertas etnias, sesgo que evidentemente se volvió contra ellos rápido. En el lado conservador decían que eso no tenía nada que ver. Creo que ambas partes se equivocan.

    En primer lugar, raza es un término conflictivo incluso cuando solo lo usamos para referirnos a humanos porque no hay ningún consenso sobre su significado, al menos en estos tiempos convulsos la gente mete la cultura de por medio o la saca a placer. En mundos de fantasía se usa raza como sinónimo de tipo o grupo diferenciado de criaturas porque la palabra hace arcaico, pero la discusión de idiotas perdería fuelle si entendiéramos que si lo pasamos a lenguaje moderno estamos hablando de especies, como cuando hablamos del hombre para hacer antiguo y en realidad nos referimos a los humanos. Además, los orígenes de las especies de fantasía residen en la magia o en la mano de dioses, no solo en criterios evolutivos.

    Los Orcos como tal son un invento de J.R.R. Tolkien, que se inspiró en los goblins, ogros y otros seres malignos de la mitología y el folclore. Tenemos diversas versiones sobre el origen de los Orcos, pero todas coinciden en que son criaturas corrompidas por el vala Melkor en los albores del tiempo. Morgoth (como después sería llamado) carecía de la capacidad de dar Ser a criaturas independientes y por tanto sus criaturas no fueron sino versiones deformadas de otros seres.

    La versión publicada en el Silmarillion es que los Orcos son elfos corrompidos mediante la tortura y la hechicería hasta el punto de alterar su naturaleza, aunque si tenemos en cuenta el resto de fuentes lo más probable es que fueran un cruce corrupto de elfos, humanos, espíritus y diversas bestias. Como he dicho, esta corrupción no es solo física sino que los orcos son esencialmente crueles y malévolos, sin albedrío para escoger el camino del bien. Son criaturas sin características redentoras, lo que los diferencia radicalmente de los pueblos humanos que luchan del lado del los señores oscuros pero no son malvados por naturaleza. Esto queda patente en la reflexión de Samsagaz Gamyi al ver un Haradrim muerto (en la película ese diálogo es de Faramir), que en el Silmarillion un linaje de los hombres orientales se opone a Morgoth y que además cuando los Númenóreanos caen en la soberbia se dedican a colonizar la Tierra Media y a esclavizar a otros hombres que ellos consideran de menor linaje. También es importante destacar que los Orcos de Tolkien (a diferencia de los que vinieron después) son criaturas bárbaras pero no primitivas: aunque no hacen nada bonito tienen un especial interés por las máquinas y los mecanismos de toda especie, y ya en El Hobbit se los describe como padres de la industria armamentística moderna.

Ilustración de Alan Lee

    El problema viene con los orcos verdes (o grises) de Warcraft o Dragones y Mazmorras. Los de Warhammer, también verdes, son poco más que una versión descafeinada y humorística de los de Tolkien: hooligans brutales y a veces caníbales, siempre predispuestos a la violencia. La diferencia es que no tienen a un Señor Oscuro y además evolucionaron... a partir de musgo y setas. Y por otra parte, los humanos de warhammer son un calco de naciones del mundo real, y hasta donde sé se ha seguido la práctica de exagerar humorísticamente los tópicos nacionales de todo el mundo, los "viejomundanos" (europeos) los que más.

    En cambio, los orcos (y otras especies) de otros mundos eran originalmente como los de Tolkien hasta que sus creadores cometieron una serie de errores al tratar de hacerlos atractivos para el público y alejarse de la imagen de bárbaros instrumentos de odio. Es decir, trataron de humanizarlos, y para diferenciarse de elfos y enanos les dieron un toque... tribal. Así de sencillo. Se recurrió a un tópico más viejo que la rueda: el del noble guerrero salvaje. Crearon orcos que no eran malos ni bobos por naturaleza, que pese a ser violentos bárbaros eran honorables, vivían en yurtas y tenían creencias chamanísticas. Básicamente humanos simiescos de color verde salpicados aún de esa idea de que son unos primitivos con pieles y hachas. En el caso de Warcraft es más sangrante aún porque el tópico no sólo se extiende a los orcos: los tauren son un pastiche de nativos norteamericanos y los trolls caníbales una suma de tópicos caribeños y de la antigua mesoamérica... Invito al lector a hacer una busca del acento con el que hablan estos últimos para que se le caiga la mandíbula al suelo. De hecho, empeora más la cosa que los reinos humanos sean básicamente monoculturales y anglosajones.

    Por tanto, si entendemos los orcos o cualquier especie de fantasía como lo hacía Tolkien o quienes siguen su estela en este aspecto, no estamos siendo racistas porque tenemos a humanos de diversas razas y culturas que comparten mundo con seres inteligentes que pese a tener aspecto vagamente humanoide poseen rasgos que los hacen distintos a nivel psicológico. Los orcos son una herramienta del Señor Oscuro y los elfos entienden el mundo de una forma distinta a los humanos porque son más longevos y tienen sensibilidades de las que nosotros carecemos. Los Ogros de cuentos de hadas comen niños y los duendes son zapateros.. Y esto está bien, porque además de ser recursos narrativos no son humanos ni quieren serlo. En cambio, si partimos de la idea de Warcraft o D&D las diferencias entre las especies son sólo estéticas: nos encontramos con criaturas que pueden tener atributos físicos distintos pero que en esencia no son sino humanos algo cambiados a los que los habitantes de ciertos países entienden mediante estereotipos que sí son racistas.